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COMIENZOS DEL AUTOMOVILISMO
Breve reseña.
En el novecientos no puede decirse que el automóvil fuera exactamente popular, en ningún lugar del mundo. Era caro, las complejidades de su mecanismo estaban más allá de la comprensión habitual, su combustible había que comprarlo y llevarlo a domicilio, requería la atención casi permanente de un "chauffeur", y no contaba con los caminos, talleres, gomerías o estaciones de servicio necesarios para que su tránsito de un punto a otro resultara un acontecimiento sin tropiezos. El caballo era una opción mucho más lógica, para el común de las gentes, que ese artefacto que había nacido apenas tres lustros antes. Y, sin embargo, ya se avizoraba que, gustara o no el hecho, el automóvil iría desplazando gradualmente al clásico equino, aún en lugares tan alejados del mundo industrial como Uruguay. ¿Por qué? Era quizás simple intuición, pero resultaba prácticamente inevitable que quien probara rodar en un vehículo de combustión interna o a vapor, lo considerara algo tan memorable y futurista como hoy nos resultaría una invitación para subir a un vehículo espacial. Fue, por ejemplo, un día de 1900 que el futuro rey Eduardo VII del Reino Unido, entonces aún Príncipe de Gales, escribió lacónicamente, pero sin duda impresionado, en su diario: "Paseo matutino en automóvil". Pocos meses antes, en un país aún bastante primitivo en materia automotriz, un grupo de señores francamente de a caballo, dándose cuenta tácitamente de que los días estaban contados para caballeros y cabalgaduras, se reunió en el Palazzo Brischerasio de Turín. Eran jóvenes, elegantes, socialistas, pero nada de eso los unía esa jornada. Sencillamente comprendían que el futuro pertenecía al motor de combustión interna y con verborragia portentosa rotularon su plan de asociarse para fabricar autos: "La Societá Italiana per la Costruzione e il Comercio dello Automobili Tormo". Luego (por suerte), esto se abrevió a "Fabbrica Italiana Automobili Torino" (HAT de ahí en adelante). En Alemania, Karl Benz ya en 1885 había presentado lo que se considera el primer automóvil práctico impulsado por un motor de combustión interna en 1900 producía 603 unidades, incluyendo vehículos de competición. Francia no se quedaba atrás, con Panhard et Levassor fabricando autos desde 1891 y De Dion-Boutón desde 1893, mientras que Amadeo Bollee había marcado el rumbo en 1885 construyendo un colosal carruaje a vapor para el Marqués de Broc. Otros, que subsisten hasta la actualidad, como Peugeot (1889) y Renault (1898), ya florecían. Entretanto, en las Islas Británicas lo que más vendería en el futuro, como Austin o Morris, estaba aún por nacer, aunque Daimler ya se había establecido (1896) y los automovilistas luchaban contra una serie de normas arcaicas que restringían sus movimientos. Así por ejemplo, Lord Montagu of Beaulieu con su auto ingresó al área lindante con la Cámara de los Lores, violentando la oposición policial y fuè un "tour de force" lograr la derogación de la disposición de que todo vehículo a motor debía ir precedido por un hombre de a pie con una bandera roja en la mano.
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